Bartolomé blanco

(1914-1936)

 

Fue beatificado el 28 de octubre de 2007, junto con otros 497 mártires que dieron su vida por Cristo en España entre los años 1934 y 1937. Bartolomé Blanco Márquez nació en Pozoblanco (Córdoba) el 25 de noviembre de 1914. Huérfano desde niño, fue acogido por unos tíos suyos, poniéndose a  trabajar como sillero. Una vez abierto el colegio salesiano de su pueblo (1930), frecuentó allí el oratorio festivo y ayudó como catequista. En 1932 fue elegido secretario de la Juventud Masculina de Acción Católica de Pozoblanco.


Hacía el servicio militar en Cádiz y, estando de permiso en Pozoblanco, fue encarcelado el 18 de agosto de 1936. El 24 de septiembre fue trasladado a la cárcel de Jaén, donde tuvo la suerte de coincidir con quince sacerdotes y otros muchos seglares fervorosos. Fue juzgado y condenado a muerte el día 29 de septiembre. En el juicio sumarísimo por el que tuvo que pasar, Bartolomé dejó constancia inequívoca de su condición cristiana. Siempre se había caracterizado por confesar su fe con optimismo y valentía. El trayecto de la cárcel al lugar de fusilamiento lo quiso recorrer descalzo. «Jesucristo fue descalzo al Calvario; así quiero ir yo también», dijo. Al ponerle las esposas, las besó con reverencia, afirmando: «Beso estas cadenas que me han de abrir las puertas del cielo». No aceptó, según le proponían, ser fusilado de espaldas. “Quien muere por Cristo –explicó-, debe hacerlo de frente y con el pecho descubierto. ¡Viva Cristo Rey!”. Y cayó acribillado junto a una encina. Era el día 2 de octubre de 1936. Iba a cumplir 22 años.

El obispo de Córdoba, monseñor Juan José Asenjo, ha anunciado que le nombrará patrón de la Pastoral Juvenil de la diócesis. Se conocen dos cartas de Bartolomé, escritas desde la prisión de Jaén el día antes de ser fusilado: una a sus tías y primos; la otra a su novia Maruja.

–A su familia escribe entre otras cosas: «Miro a la muerte de frente, y no me asusta, porque sé que el Tribunal de Dios jamás se equivoca y que invocando la Misericordia Divina conseguiré el perdón de mis culpas por los merecimientos de la Pasión de Cristo. Mi comportamiento con respecto a mis acusadores es de misericordia y perdón. Sea esta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón; pero indulgencia que quiero vaya acompañada del deseo de hacerles todo el bien posible. Así pues, os pido que me venguéis con la venganza del cristiano: devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal. En el cielo os espero a todos y desde allí pediré por vuestra salvación. Sírvaos de tranquilidad el saber que la mía, en las últimas horas, es absoluta por mi confianza en Dios».

–Y a su novia: «Miro la muerte de cara y en verdad te digo que ni me asusta ni la temo. Mi sentencia en el tribunal de los hombres será mi mayor defensa ante el Tribunal de Dios; ellos, al querer denigrarme, me han ennoblecido; al querer sentenciarme, me han absuelto, y al intentar perderme, me han salvado. ¿Me entiendes? ¡Claro está! Puesto que al matarme me dan la verdadera vida y al condenarme por defender siempre los altos ideales de Religión, Patria y Familia, me abren de para en par las puertas de los cielos. Sólo quiero pedirte una cosa: que en recuerdo del amor que nos tuvimos, y que en este instante se acrecienta, atiendas como objetivo principal a la salvación de tu alma, porque de esa manera conseguiremos reunirnos en el cielo para toda la eternidad, donde nada nos separará. ¡Hasta entonces, pues, Maruja de mi alma! No olvides que desde el cielo te miro, y procura ser modelo de mujeres cristianas, pues al final de la partida, de nada sirven los bienes y goces terrenales, si no acertamos a salvar el alma».

J.P.