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Descubrir el rostro de cristo en cada detenido
En septiembre del año pasado, Benedicto
XVI dirigía un breve pero precioso discurso a los participantes en el
XII Congreso Mundial de la Comisión Internacional de la Pastoral de las
Cárceles, que no quiero dejar pasar sin que en Hoja Trinitaria nos
hagamos eco de él. Fundados los trinitarios para la redención de
cautivos, tratamos de orientar y reorientar nuestro compromiso
caritativo-redentor hacia aquellos hermanos y hermanas nuestros que
padecen bajo el yugo de distintas formas de cautiverio. Una de estas
formas es, sin duda, la cárcel. En muchas cárceles desempeñamos nuestro
servicio pastoral, desde el carisma redentor, religiosos trinitarios.
Descubriendo
el rostro de Cristo en cada detenido, como reza el lema que se escogió
para el Congreso, nuestros capellanes con sus colaboradores oficiales y
voluntarios deben acercarse a los detenidos, para conocer su situación
física y anímica, sus posibles traumas y frustraciones, sus ilusiones y
esperanzas, su contexto y relaciones familiares, tratando de extender
bálsamo en sus heridas, de inocular ánimo y esperanza en sus, a menudo,
psicologías maltrechas, de dar respuesta a sus deseos legítimos, de ser
mensajeros y testigos cristianos ante sus familias, etc.
Escribe el Papa: “Los detenidos pueden
fácilmente dejarse aplastar por sentimientos de aislamiento, de
vergüenza y rechazo que corren el riesgo de hacer añicos sus esperanzas
y sus aspiraciones para el futuro. En este contexto, los capellanes y
sus colaboradores están llamados a ser heraldos de la compasión y del
perdón infinitos de Dios. En colaboración con las autoridades civiles
tienen la tarea difícil de ayudar a los detenidos a redescubrir el
sentido para sus vidas de manera que, con la gracia de Dios, puedan
transformar su propia vida, reconciliarse con sus familias y amigos y,
en la medida de lo posible, asumir la responsabilidad y los deberes que
les permitan llevar una vida honesta y recta en el seno de la sociedad”.
En su breve discurso, el Papa se dirige
también a las instituciones judiciales y penales: “Por su misma
naturaleza…, estas instituciones tienen que contribuir a la
rehabilitación de quien ha cometido el crimen, facilitando el paso de la
desesperación a la esperanza, de la irresponsabilidad a la
responsabilidad. Cuando las condiciones en las cárceles obstaculizan el
proceso de recuperación de la autoestima y la aceptación de los deberes
relacionados con ella, estas instituciones dejan de cumplir uno de sus
objetivos esenciales. Las autoridades públicas deben estar atentas en
este ámbito, evitando todos los medios de castigo o corrección que
socaven o degraden la dignidad humana del detenido. En este sentido,
reitero que la prohibición de la tortura no puede ser infringida en
ninguna circunstancia”.
Tengo la impresión de que a veces miramos
fácilmente a otra parte. El informe de Amnistía Internacional,
presentado en Madrid el 14 de noviembre pasado, denuncia, una vez más,
malos tratos policiales en España así como su “impunidad absoluta”. ¿Nos
afecta e inquieta este dato? ¿Reaccionamos ante él? ¿Sabemos llamar
blanco a lo que es blanco y negro a lo que es negro en todo lugar y
circunstancia? O ¿preferimos que ciertas cosas queden en la penumbra y
en el olvido?
Ante estas actuaciones, ni la actitud de
los capellanes ni la de quienes nos encontramos en otras áreas de
actividad pastoral, como tampoco la de los cristianos en general con los
jerarcas de la Iglesia a su cabeza, puede ser ambigua o huidiza. Hemos
de tener valentía para denunciar y condenar estas prácticas que atentan
contra la dignidad de la persona, como hemos de denunciar y condenar
toda forma de violencia, sobre todo, la que atenta contra la vida de las
personas, como la violencia terrorista de ETA, que se empeña en
continuar por su camino de irracionalidad y barbarie en contra del
sentir mayoritario del pueblo vasco.
Hemos celebrado la Navidad, el misterio
gozoso del Dios humanado para comunicar al hombre y llevar a cabo el
proyecto de Dios sobre él, proyecto de libertad, de redención, de
felicidad ya en esta vida. Pero también proyecto de futuro, de realidad
definitiva. Que también nosotros, como lo deseaba el Papa a los
participantes en el Congreso, abriéndonos a la gracia de Dios y haciendo
realidad su proyecto de redención, sepamos compartir nuestras
experiencias del misterioso rostro de Cristo que resplandece en los
rostros de los detenidos. Que nos esforcemos por mostrar ese rostro al
mundo, promoviendo un mayor respeto por la dignidad de los detenidos. Y
que al satisfacer sus necesidades, nuestros ojos se abran a las
maravillas que Dios actúa por medio de nosotros cada día.
Gotzon Vélez de Mendizabal
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