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EL NIÑO QUE NACIÓ BLANCO "POR CASUALIDAD"
Hoy ya no nos extrañamos al ver a gente de color por
nuestras calles. Hace dos décadas no era tan habitual. Cuentan que un
niño de cuatro años en los años ochenta reaccionó así…
En su colegio había un niño negro con el que compartía
aula. No le gustaba ese ser diferente. Un mediodía, a la hora de comer,
soltó con naturalidad delante de sus padres que a ese niño había que
matarlo por ser negro. Los padres le miraron, se miraron entre ellos y
fruncieron el ceño. Callaron. El niño siguió dando razones de por qué
había que eliminar a ese compañero cuya piel era más oscura que la de
él.
La madre, con la paciencia que sólo Dios da a las madres,
le sonrió y empezó a darle la razón a la espontánea criaturita.
– Está bien, Carlitos. Pero entonces teníamos que haber
hecho contigo lo mismo si tú hubieras nacido negro.
La madre aprovechó la ingenuidad de su vástago que no tenía
por qué saber de biologías ni de fidelidades conyugales. Y prosiguió la
lógica de su argumentación.
– Cuando tú estabas en mi tripa, teníamos el nombre
elegido, Carlos. No sabíamos si ibas a nacer blanco o negro. Si nacías
negro, te llevaríamos al monte y te mataríamos. Volveríamos a tener otro
niño, que se llamara Carlitos. Y si era blanco, le dejaríamos vivir.
Pero ése ya no serías tú, sería otro niño. Tú, como habías nacido negro,
por casualidad, y serías feo, te mataríamos.
El padre escuchaba admirado por los reflejos de su mujer,
sin poder evitar una sonrisa maliciosa pensando en que si su primogénito
hubiera nacido negro, hubiera habido que aclarar ciertos puntos. Pero
entró en el rol que le había impuesto su mujer en esa historia.
–Pues claro, hijo. Yo mismo te hubiera matado si llegas a
nacer negro. Uno nace por casualidad con un color de piel. Depende de
los demás que nos dejen vivir o no.
Carlitos bajó los ojos sintiéndose dolorido en su dignidad.
Sus padres le habían dejado vivir sólo por haber nacido blanco por
casualidad. La frialdad de una muerte injusta le paralizó. Salió de la
cocina con los ojos bajos. Nunca más habló de color de pieles.
Y es que muchas cosas cambiarían si, cuando juzgamos como
verdugos, cambiáramos el nombre de la víctima.
Feli Alonso Curiel
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